lunes, 5 de enero de 2009

La morocha se quedaba a dormir bastante seguido en mi nueva casa de soltero (viejo nido de amor de mi matrimonio), concurría a reuniones familiares y asados con amigos. Yo ya había conocido a su familia, con quienes también compartía asados en su casa de Avellaneda.
Y el pibe iba atontado unas cuantas veces por semana, cruzando el puente Pueyrredón mientras escuchaba una y otra vez «La hija del fletero».
Pero la realidad empezó a golpear a mi puerta. La terapia recién iniciada; mi último año de facultad; el reencuentro con viejas amistades; mi situación; todo hizo que me fuera distanciando.
Claro que ella también hacía lo suyo. Yo me estaba dando cuenta de que en realidad -más allá del dolor que me producía- la terminación de mi matrimonio fue lo mejor que me pudo pasar. Empecé a ver que eso que yo asociaba con «felicidad» era en realidad «seguridad».
Como no me había dado cuenta en su momento de eso, obviamente empecé a sospechar de esta nueva relación. En mi mente empezó a rondar la idea de que tal vez estaba volviendo a hacer lo mismo, sólo que -a diferencia de la anterior- esta entraba mejor en la familia. Un disparate.
Viajes a Cariló; fines de semana internados en la cama; asistencia perfecta a esos asados a los que antes escapaba, etc.
Así fue que comencé a tomar distancia. No quería repetir errores. Así que empecé a concurrir solo a los asados con los chicos de la facu. Todos habían sido invitados a mi casamiento. El núcleo estaba formado por 3. Javier -de novio-; Robert -recién casado- y Tomi -recién abandonado por su novia y con su corazón con aujeritos- (Ya habrá tiempo para mis historias con el).
Yo no le había mentido, pero en algún momento ella se dio cuenta de que no iba solo porque fueran «asados de hombres» sino que lo hacía simplemente porque quería, aunque mis comprometidos amigos fueran con sus respectivas.
Eso generó un «pequeño» problema. En realidad para mi sí que era pequeño. Ella pensaba distinto.
Con todo lo que había y estaba pasando, sinceramente no podía preocuparme menos el «problema»
Era como Rocky, quien, después de ser apaleado dos veces por Apollo, ser molido a golpes por Mr. T, decide enfrentar golpe a golpe a Ivan Drago. Perdés todo tipo de miedo, lográs un estado zen en el que, por primera vez, notás que las pequeñeces de la vida son, simplemente, pequeñeces.
Después de 2 jornadas inagotables de discusiones, cedí y le dije que ese viernes la llevaba al programado asado en zona norte.
Así fue que, después de trabajar todo el día, e ir a cursar, me bañé y partí de Belgrano a Avellaneda, para luego ir a Vte. López. No recuerdo con exactitud, pero el asado obedecía al festejo del cumpleaños de alguien (juro que tengo la duda de si no era el mío. Es que yo no lo festejaba y mis amigos son así de buenos).
Ellos estaban al tanto de mis recientes discusiones, y se sonreían cuando me vieron arribar con ella.
Ya habían vivido situaciones incómodas en reuniones con mi exposa (término acuñado por Esteban en «hablaloconmiabogado»).
(F) tardó apenas 10 minutos en venir a decirme, mientras hincaba el diente en el primer chori de la noche, que le dolía la cabeza, que se sentía mal.
Lo vi venir a Javier, presto a ofrecerle uno a ella, quien declinó poniendo cara de asco, diciendo que se sentía mal. Javier sonrió, me miró y se notaba que se estaba cagando de risa por dentro.
No iba a dejar que eso arruinara mi noche. No iba a darle el gusto de entrar en la típica discusión en la que yo iba a sostener que era una locahijadeunagranputa por haberme hinchado toda la semana con planteos de pareja, de que por qué iba solo, etc.
Así que tomé aire, me acerqué a Javier y le dije «ya vuelvo». Di media vuelta, la encaré a (F) y le dije «vamos». Subimos al auto, ella empezó a parlotear como si nada, su cara ya no reflejaba ningún dolor ni molestia. Yo no hablaba, simplemente manejaba a toda velocidad por Lugones. La dejé en la casa y volví al asado. Todos coincidimos en que estaba loca. Todos coincidimos en que estuve bien. Mi nueva condición y la terapia me habían permitido no cagarme la noche. A los 23 años, si te dejás arruinar una noche por un simple viaje Belgrano-Avellaneda-Vte. López-Avellaneda-Vte. López sos un zapato.
La relación ya tenía fecha de vencimiento

2 Opinaciones:

nadasepierde dijo...

que malo vos...eh!!! no puede tener un dolor de cabeza esa pobre mujer!!!...me encantó lo del los viajes...que paciencia!

El Opinador..to dijo...

Jajaja.... fui un santo con esta chica