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domingo, 28 de junio de 2009

Uno siempre cree que los pasó a los padres. Siempre piensa que no te entienden, que son pacatos, que tienen menos onda que Fleco y Male.
¿De verdad piensan que cuando ellos eran jóvenes no hacían cualquiera? Es posible que no sea un "cualquiera" para alarmarnos a nosotros. Pero seguro que a sus padres sí.
Mi primer cigarrillo lo fumé a los 11.
Hoy veo un nene de 11 años en la calle y me parece un bebé.
¿Me puse pacato? ¿Estoy un poquito boludo?

No me quiero imaginar lo que va a ser cuando mis hijos sean jóvenes.
Hoy, a los 32 no tengo la inmadurez de los 20 y no tengo la "pacatez" de los mayores (o de los padres, mejor dicho).

Y se me ocurrió que a mis viejos les debe haber costado mucho verme llegar a casa con un arito (estamos hablando del 88, no del 2000), o con el pelo largo, o con un pañuelo en la cabeza intentando emular a Axl Rose... o con botas (no Charro... unas parecidas que vendían en Munro)

Y veo a amigos que tienen sus hijos, y se van poniendo más y más conservadores. Y los detesto por eso. Pero también entiendo que no lo hacen ni a propósito, ni mucho menos con maldad.
Supongo que será por temor a que su hijo sufra. Entonces queremos que sepa inglés, que tenga buenas notas, que vaya adoptando un perfil académico... que el día de mañana estudie una carrera... eso sí... "lo que quiera".
Y pasó tan poco tiempo desde las semanas previas al parto en las que lo único que querían era "QUE FUERA SANITO"
En tan poco tiempo ya lo llenaron de peso, de expectativas, de exigencias, de preconceptos.
Es como si uno se olvidara de ese deseo de que sea sanito, de que sea feliz.
Obviamente no lo hacen por maldad, pero pasa.

Entonces se me ocurrió escribir una carta para mis futuros hijos, desde este momento especial en mi vida, en el que ya dejé la pavada, pero todavía:
puedo divertirme
no tengo que preguntar cuál es la gracia de ir a un recital a gritar, saltar y chivar por 3 horas
no necesito una explicación para agarrarse una linda mamúa.
los amigos son de oro, y de fierro.
Cuando no pienso que cuando uno se fuma un porro es drogadicto.
Cuando todavía no hablo de "cigarrillos de droga".
Cuando no pienso que una mina que coge, que hace un pete, que se enfiesta, o que se come a una amiga es un atorranta.
Cuando pienso que la plata no hace la felicidad.
Cuando pienso que no hace falta seguir una carrera, sino una vocación.

Tengo miedo de convertirme en un pacato. Tengo miedo que mis miedos me hagan peor padre.


Ya que estamos... porque todavía no me decido... ¿a qué edad le darían esta carta? ¿Sería la misma edad si fuera hombre que mujer?

martes, 10 de marzo de 2009

Hace mucho tiempo que no puedo.
Cuando digo mucho tiempo, estoy hablando de muuuchos años.
Si mal no recuerdo, la última vez que exploté, fue en el 2000.
Y si bien mi explosión era justificada, contra quien exploté no lo tenía merecido.

Haciendo corta una larga historia, ahí estaba yo, sacado persiguiendo con un bate a un cuidacoche por 5 cuadras.

A lo largo de mi vida, tuve pocas explosiones físicas. Soy más bien verbal, y tengo mucha facilidad para lastimar al otro.

Cuando me lastiman a mi, me duele y mucho. Y si bien puedo perdonar, o dejar pasar ciertas cosas, jamás olvido nada y el perdón que doy no te devuelve al mismo lugar en el que estabas, sino que pasás a otra categoría.

Como se imaginarán, son muy pocas las personas que se mantienen en la lista original. Esos son los verdaderos amigos.

La cuestión es que aprendí a controlarme, a no usar toda mi acidez.
Alguna vez les pasó que están enojados y sienten como un gusto amargo en el medio de la lengua, medio metálico? Esa es la adrenalina. Y es lo que me hace saber que tengo más veneno para largar.

En realidad, es mentira eso de que no exploto. Imploto o exploto internamente.
Lo hago sin darme cuenta, hasta que un buen día, zas, una linda gastroenteritis aguda irrumpe en mi vida. O tal vez una neumonía atípica.

Siempre ante la adversidad, o ante una situación límite mantengo la calma -o mejor dicho, me tranquilizo totalmente-. Mis pulsaciones bajan, se me aclara la mente y me manejo con total frialdad.

Eso hace que tal vez ande con un palo en orto más tiempo del recomendable (que vendría a ser cero). Voy absorbiendo presiones, problemas, puteadas, desplantes, situaciones de mierda, violencia, etc., etc., y -supongo que- como no encuentro una manera sana o pacífica de ir liberando presión, me la voy tragando.

Generalmente la explosión interna viene precedida de períodos de silencio y de introspección profundos.

Hace muchos años ya que estoy pensando en cambiar drásticamente mi vida, empezando por mi lugar de residencia. La mayor traba son mis sobrinos. Por mi, por ellos, y por lo que veo que disfrutan a la familia que tienen cerca. Me cuesta pensar en privar a mis futuros vástagos de tal placer.

Hace ya rato que vengo pensando que debe haber una opción intermedia, pero sinceramente no la encuentro. La rutina y la ciudad, me sacan las ganas de buscar, o me chupan la imaginación.

Este viernes me voy de vacaciones. Voy a ver una ciudad y un mundo nuevo. Voy a vivirla. Voy a conocerla.
Espero encontrar alguna respuesta.

domingo, 18 de enero de 2009

Creador, entre muchas otras, de Piel Naranja, Inconquistable corazón, Rolando Rivas, Taxista, Pobre Diabla y Una voz en el teléfono (se acuerdan? Hay una lágrima, sobre el teléfonoooooo, sobre mi corazóooooo.... con la Primera Actriz, Carolina Papaleo).

Al gran Alberto Migré le digo: LA PUTA QUE TE PARIÓ.

Qué ganas de joder eh!

Parece -y por mucho años estuve convencido de que no había escapatoria- que las relaciones son o pasionales, o embolantes.

Las pasionales implican mucho sufrimiento. Un incesante estado de inseguridad que trae aparejado los celos, la desconfianza, la caída de la autoestima en uno de los integrantes de la pareja. En el otro, se produce el efecto contrario.

Uno -sea hombre o mujer- le va tomando el gustito al hacer sufrir al otro, a tenerlo siempre ahí, a merced. Entonces llama poco, elude unos cuantos llamados, la juega de misterioso y su pareja pasa a ser una especie de back up, para utilizar cuando el resto de los planes no dan frutos.

Peleas interminables con gritos y acusaciones en los que las partes son muy desiguales. Uno sufre como un condenado y no puede entender cómo la persona que amamos nos hace esto.

Creo que no hay nada más frustrante que cuando uno abre su corazón, deja su orgullo y autoestima olvidados por ahí y nos exponemos vulnerables, implorando por una pequeña muestra de interés, de reciprocidad.
Como contrapartida, vemos al otro envuelto en su traje de teflon. Nada se le pega, nada lo mancha, nada lo toca. Nuestras palabras, nuestros ruegos y súplicas patinan como chorizo en fuente de loza.

Pero parece que nos gusta estar en esa posición de víctimas. Porque antes de engancharnos con el/la, tuvimos la posibilidad de estar con ese/a que era tan buena persona, tan sensible, tan de su casa, tan noble y que nos quería tan «bien».
Sin embargo, lo/a rechazamos, decididos a embarcarnos a la conquista de ese inconquistable corazón.

Y está bien, supongo, porque todos debemos pasar por esa situación al menos una vez en la vida. Se supone que nos curte, que nos enseña.
Creo que todos estuvimos de ambos lados.

Donde me parece que estamos fallando es en la repetición, es en la testarudez de no querer aprender las lecciones que nos da la vida.
Una cosa es sufrir por amor en la secundaria o en nuestros nuevos veintes... pero seguir, una y otra vez dándonos contra la misma pared, me parece que es demasiado.

¿Tanto miedo tenemos a ser felices? ¿A estar con una persona como la gente?

Creo que, más allá de una clara muestra de inmadurez, el engancharse una y otra vez en historias sin futuro (porque por más idea que nos hagamos, no tienen futuro) es una muestra de que no tenemos los huevos/ovarios suficientes para estar en una relación de verdad.
Creo que el golpe del desengaño, de la ruptura en una relación jodida es mucho más leve al que nos damos cuando una buena relación no funciona.

Es que de la mala se sale con mucha lágrima, puteadas y pataleos. Pero de la buena se sale con el corazón roto, con mucho por pensar, mucho por aprender. Mucho por crecer.

Nunca prefirieron que sus viejos les peguen un bife a que se muestren dolidos, decepcionados? El bife es más espectacular, pero sus secuelas sanan prontamente.

Hoy está la segunda adolescencia, que llega como hasta los 35... y por como viene la mano, se va a agregar una tercera. (que se daría en los casos en que la segunda se haya transitado maduramente en pareja.

Ya está... otra noche en vela que termina con el sol en lo alto.