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lunes, 16 de febrero de 2009

Se imaginarán la etapa que vino... no?

A ella la ataca la inseguridad.
Piensa en que hace años y años que está en pareja.
Que seguir conmigo significaría no crecer. Cambiar una figurita por otra.
Que ella necesitaba hacerse fuerte, replantearse las cosas... la vida, para pode estar bien con otra persona.

Obviamente, todo eso iba plagado de elogios, agradecimientos y frases como «sos el hombre ideal. Pero de verdad. Cuando era más chica, soñaba con encontrar un hombre como vos», y que la puta que lo parió a los tiempos... que si nos hubiéramos conocido antes, etc., etc.

Yo me seguía mostrando seguro.
Me pareció de verdad que era un paso adelante en su vida.
Ya que había pasado de estar años de novia, viviendo con los padres, a su futuro marido... sin escalas.
Y de ahí... a casa.
Sinceramente, más allá de lo que me calentaba, yo la amaba. La quería. La apreciaba, y quería lo mejor para ella.
De verdad quería que creciera, que pudiera encontrar su centro.
Yo contaba con que mientras mejor estuviese ella, mejor podríamos estar nosotros.
Nunca la frené -de hecho, le averigüé unas cuantas cosas para que pudiera retomar la carrera- y le dije que me parecía bien.
Así que nos pusimos a buscar departamentos para alquilar.
Después de mucho buscar, encontramos uno. Apenas unas 6 cuadras de casa.
Estaba bastante deteriorado.
Ella quería algo mejor, un poco mejor ubicado, y que además estuviera dentro de su presupuesto.
Yo la tranquilizaba. Le decía que lo íbamos a poner lindo, y que no se preocupara, que plata no le iba a faltar.
(Ojo, malpensados... nunca me pidió un peso).
Tanto la madre como el hermano estaban encantados conmigo. Al fin había encontrado alguien que la amara bien, que la tratara como se merecía, que no la hacía llorar.
Yo me la pasé pintando, lustrando pisos, poniendo estantes, conectando cables, etc.

Mi locura estaba ahí, enfrente mío, y yo no podía verla. NO podía darme cuenta de que se estaba apoderando de mi.
Ya mi vida giraba en torno a ella.

domingo, 15 de febrero de 2009

Un día, ella me dio una copia de su plan de vuelo de ese mes.
Era una manera de ayudarme a organizar mis horarios y coordinar, de acuerdo a los vuelos que ella tendría.

Ese mes fue una verdadera maravilla.
Yo quería que ella se sintiera como en su casa.
Ella parecía hacerlo.
Iba a hacer compras, cocinaba, preparaba tragos.
Me dejaba sin dormir todas y cada una de las noches, haciendo que vaya a trabajar un poco beodo y embriagado de ella.

No recuerdo cuánto fue que duró este período en el que, entre otras, me dediqué a levantar su autoestima, a explicarle una y mil veces que ella era demasiado mina para el. Que si no sabía apreciarla, no la merecía.
Que la amaba, que no tenía por qué tener miedo. Que siempre iba a contar conmigo.
Que retomara su carrera, que eso le iba a hacer bien, que la iba a ayudar a crecer y a creer en ella misma.

Salíamos, íbamos a bailar... nos divertíamos mucho. Teníamos sexo en extraños lugares (como baños y behind del telón en una moonpark en un Luna Park, rodeados de 25.000 almas extasiadas (literalmente).

Fueron tiempos felices. Aunque se negaba a venir a los asados de los domingos a conocer a mis sobrinos (bebés todavía) se babeaba con ellos, con sus fotos, sus videos y siempre me daba algo para que les regalara.
Yo no quería romper esa burbuja. No quería sacarle el tema del marido, para decirle que ya iba siendo tiempo de poner un final formal a la relación.
De verdad que no quería arruinar ese momento...

viernes, 13 de febrero de 2009

Cuando volví de las leñas, hablé con ella.
Como si nada hubiera pasado.
Nada había cambiado. Todo seguí igual de tranquilo. Igual de libre. Igual de ajeno a los sentimientos y mucho más cercano a la pasión.
Cuando llegó a casa, traía una torta de zapallo.
Cuando vino a casa, se notaban los 5 días que no nos habíamos visto.
Cuando llegó a casa, apenas tuvo tiempo de dejar la torta en la cocina.
Cuando llegó a la cocina, no tuvo tiempo de salir de allí.
Fue un reencuentro apasionado, pero yo estaba convencido de que esa vez, yo iba a poder controlar la situación. Iba a entender que, en estos casos, la razón sabe más que el corazón.
Y así fue... un reencuentro como cada uno de los que habíamos tenido en los últimos tiempos.

Dos semanas después me dijo: «Tengo que ir a casa en algún momento. Hace dos semanas que estoy acá sólo con lo que me traje en la mochila»




Maldita torta de zapallo.



(Pero que buena que estaba)

jueves, 12 de febrero de 2009

Un mes duró esa sucesión de encuentros que eran tan explosivos como impredecibles.
Quien les habla se va unos días a Las Leñas.
Quien les habla recibe llamado de damisela en peligro.
Quien les habla se convierte en príncipe azul.
Quien les habla ve la señal de peligro.
Quien les habla no le da bola.

«Me separé»

Quien les habla cree que es un superado. Que lo que comenzó como aventura, terminará como aventura.
Quien les habla escucha la voz del otro lado del teléfono que dice que eso no significa nada.
Quien les habla piensa que sus amigos son unos logis por no entender que la cosa no pasaría a mayores.

Quien les habla... ¿vuelve a tropezar otra vez con esa bendita piedra...?

miércoles, 11 de febrero de 2009

No se qué clase de complejos tienen las mujeres.
Para nosotros, una damisela en apuros, es sinónimo de «Príncipe Azul» y -aparentemente- nada nos hace sentir mejor.
Por supuesto que, como en toda historia épica, deberemos enfrentar a un sinnúmero de retos. Lucharemos contra:

-Conductas errantes.

-Explosiones de llanto.

-Ataques de agresividad.

-Ataques de tristeza.

-Idas.

-Vueltas.

-Expresiones de amor.

-Expresiones de odio.

-Llamadas a cualquier hora.

-Llamadas sin respuestas.

-Histeriqueos.

-Programas chinos.

-Cancelaciones.

-Discusiones.

-Compras de regalos originales.

-Celos.

-Hordas de aves de rapiña queriendo llevársela.

-Esposos.

-Padres.

Por suerte, yo no iba a tener que enfrentar ninguno de esos retos. Yo estaba superado. Sólo era buen sexo. El mejor sexo que había tenido en mi vida. Sólo me gustaba como sonreía. Sólo me cagaba de risa con ella, porque era una chica de barrio.
No señor. Nada ,e afectaría. Estaba viviendo el sueño de todo hombre soltero. Me estaba encamando a una azafata alta rubia y casada. No había posibilidades de compromiso, ni de problemas.
Suerte que la vida es así... fácil, copada, llena de cosas buenas... que bueno que todas las leyes de Murphy no son más que la imaginación de un loco paranoide.
Estaba totalmente a salvo.

domingo, 11 de enero de 2009

Nos despedimos ese domingo.
El miércoles a la tarde, mientras estaba haciendo unos trámites, suena mi celular. Era (D). Me saluda con un «vos sos pelotudo? Cómo no me vas a llamar?»
Le dije que ella también tenía dedos... y que el hecho de que estuviéramos hablando, lo comprobaba.
«Sos un boludo»
«Lo se. Me estaba haciendo desear. Sabés cuántas veces uno puede darse el gusto de que lo llame la mujer más hermosa»
Se rió. Siempre me reconoció esa «falta» mía como uno de los motivos por los que quería estar conmigo.
Me dijo que pensaba ¿Cómo este pibe no me va a llamar a MI..... a MIIIII? y que eso la intrigó un poco.
Creo que eso era en definitiva lo que me motivó a hacerlo. Me divertía esa idea. Yo pensaba lo mismo.
No me pregunten por qué, pero se ve que el hecho de haberla agarrado así en Sunset... (ahora que lo pienso, no era Sunset... era otro. Uno que quedaba por la costanera... por si a alguien le importa). La cuestión es que mi actitud me sorprendía.
En vez de sentirme intimidado por esa belleza, por estar jugando un juego para el que no estaba preparado me brindaban una confianza y serenidad inimaginables.
Terminamos arreglando para vernos esa misma noche. (era joven y estaba acostumbrado a dormir muuuuuy poco.).
La llevé a Olsen. Es un restaurant de cocina escandinava. Y tienen más de 60 variedades de Vodka.
Ya de entrada encargué una especie de tapeo muy bueno, venía con alrededor de una docena de tubos de ensayo con distintas clases de vodka, para acompañar los distintos canapés. Muy bueno, muy entonador.
Charlamos de la vida hasta que no aguantamos más. Nos pasamos a una especie de living con hogar y a los cinco minutos, nos dimos cuenta de que teníamos que salir de ahí, porque íbamos a terminar mal.
Así que nos fuimos a casa.
Siguieron los tragos, los fasos y el sexo desenfrenado. Jamás en mi vida, ni cuando tenía 16 años había logrado lo que lograba con ella. Me volvía loco. Me convertía en un depredador alzado, incapaz de pensar en nada.
Me bañé y me fui a trabajar. Todavía borracho por el vodka, todavía embriagado por esa mujer.
Somos medio estúpidos cuando pensamos que tenemos todo bajo control no?
Digo. Cuando estás con una persona que te parte la cabeza, que excede a cualquier experiencia que hayas tenido... no podés pensar que lo vas a poder controlar.
Mi «dureza« iniciar iba a durar muy poco.

sábado, 10 de enero de 2009

Mientras cruzaba la pista no pensaba en nada. Al menos no recuerdo haberlo hecho. Sólo sabía que la veía cada vez más cerca.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, puse mi mano en su espalda. La traje hacia a mi y la besé. La tomé por sorpresa, pero no tardó en corresponder el beso.
Fue piel instantánea. La temperatura subía mientras nuestras bocas y manos se salían de control.
No se cuanto tiempo estuvimos besándonos.
En un break me dice: «Esto es cualquiera. Yo estoy casada» Yo ya lo sabía. Daniel o alguna de sus amigas me lo habían dicho.
Pero yo no buscaba nada serio.
Estaba en esos momentos de la vida de soltero en que lo último que quería era cambiar mi estado.
Le dije que no me importaba, que no había manera de que me hubiera frenado.
Se río -con esa risa que ya describí-.
Seguimos bailando, tomando, besando, franeleando hasta que le dije que la invitaba a desayunar.
Tomamos un taxi y fuimos a buscar su auto cerca del Soul.
Le dije que conocía un lugar muy bueno, a escasas 8 cuadras.
Así llegamos a casa.
Las partes superiores de nuestras indumentarias ya habían desaparecido.
Los jeans estaban desabrochados.
Cuando voy a remover el suyo, la escucho que lloraba. Me pide por favor que pare, que ese día no podía.
Era la mujer más fuera de mi liga con la que había estado. Mi excitación nunca había llegado a esos niveles.
Sin embargo, me detuve.
Me di cuenta de que algo estaba mal en serio.
Ella dijo que era su matrimonio.
Que hacía más de 6 meses desde la última vez que lo había hecho y bla bla bla.
Yo tenía la certeza de que iba a tener otra oportunidad, así que paré. (Bueno. Lo reconozco, cada vez que le daba un beso terminábamos igual... pero era más fuerte que yo... y no la ponía incómoda.).
Nos preparé el desayuno. Unos ricos mates con bizcochitos y hablamos por horas.
El marido estaba en Qatar, o algún lugar por el estilo. (Él era piloto, ella azafata) así que no había problemas con el horario.
Cerca del mediodía se fue. Nos pasamos nuestros teléfonos.
No me podía ir a dormir, así que me fui a visitar a mis sobrinos.
Tenía la sonrisa de oreja a oreja (si sonreía un poco más, me degollaba).
Había apuntado a lo imposible, y se estaba dando. Hermosa, alta flaca, fibrosa (cuerpo de modelo), rubia, ojos y labios siempre húmedos, fogosa. Para colmo, no había manera de engancharme porque era casada y eso era -en ese momento- una bendición.
Y encima cumplí el típico fetiche de la azafata.
La verdad es que, pese a que me moría por llevarla a la cama, me daba por satisfecho.
No se por qué, pero daba por descontado que esa sería la última vez que la vería.

miércoles, 7 de enero de 2009

Y si de imposibles se trata...
Siguió la noche. Siguieron los tragos. Siguieron las miradas. Siguieron las guasadas de la no agraciada.
Salimos. Linda noche. Últimos días de verano, con una mezcla de clima otoñal.
Me escapo de la guasa. Viene la rubia (D) e intenta convencerme de que le de a su guasa amiga.
Yo le digo que no puedo, que estoy ocupado.
Ella pregunta ¿de novio?
Yo digo que no, que estoy ocupado con ella, que es a ella la que quiero y a quien no puedo sacar los ojos de encima.
Se ríe seductora. Se la notaba guacha. Sabía exactamente qué cara poner para poder cagarse de risa y a la vez mantenerme ahí; atontado.
Además, tenía un ojo apenas virolo.... (no che,.. no crean que le quedaba mal porque era una de sus mejores cualidades).
Cuando se reía así como se me río a mi, quedaba totalmente irresistible.
Yo, aunque estaba soltando algún que otro can, me lo seguía tomando con total calma.
Era como que tenía la tranquilidad de poder decir lo que quisiera, aunque fuera con doble sentido, aunque fuera algún canino.
Ella tenía la mejor de las ondas, los dos estábamos bastante entonados, y, sobre todo, ella me brindaba esa oportunidad, esa sensación de que estaba todo bien, de que iba por el buen camino.
Ellas iban a seguir el festejo cumpleñearil en Sunset (que en esa época no era lo que es ahora), que un amigo de ellas era el DJ.
Me pregunta si vamos. Le digo que por supuesto y nos subimos a una camioneta de una amiga.
Por suerte a Daniel se le ocurrió venir también, porque yo me había olvidado completamente de él.
En el camino me dice que el DJ le tira los perros, pero que su amiga Caro moría por el. Un bajón.
Apenas entramos lo fueron a saludar al DJ y ya desde lejos, podía ver como la galgueaba.
Estábamos yendo al baño. Así en malón. Y me sorprendo a mí mismo diciéndole a Daniel que le iba a dar a «su» chica (código de hombres). Lo sorpresivo fue que no le pedí «permiso» para tratar. Fue para hacer.
En cuanto salí del baño, ella estaba bailando en el medio de la pista.
Caminé hacia ella, cruzando el bolique. Era un hombre con una misión. Nada iba a detenerme. Ella seguí bailando, sumergida en sus sueños de burbujas y sensualidad. Mi pecho se inflaba a cada paso que daba.